Nunca es tarde...

Muchas veces me dicen que no he tenido juventud pero últimamente me han hecho darme cuenta de que, en realidad, no tuve siquiera la infancia que me correspondía.

Desde muy pequeña tuve que cargar y encargarme de adultos que no sabían gestionarse de si mismos y, a la vez, tratar de sobrellevar las tareas de una niña cualquiera. Entre todo eso no había demasiado tiempo para lo que también se supone que hacen los niños.

Sinceramente no lo eché de menos, de hecho, hasta no hace mucho no me había dado cuenta. Me acostumbré a convivir con el miedo, con la incertidumbre de no saber que podía ocurrir al instante siguiente, pero para mí era lo normal. 

Hubo quien tuvo la oportunidad de huir y eso marcó su vida pero, en mi caso, la realidad fue bien distinta. Era mi responsabilidad, no podía abandonar, no era capaz, y eso también marcó mi vida.

Cuando fui creciendo en vez de recuperar el egoísmo que había perdido fui adquiriendo más responsabilidades, de las que correspondían, de las que se esperaban y, así, llené toda mi vida sin tiempo para nada más.

No pretendo dar pena porque soy muy consciente que todo lo acontecido me ha dado la oportunidad de ser quien soy, y cuando miro atrás pienso riéndome de mi misma “pues no has quedado tan mal chica!!!”

Y es ahora cuando, de repente, en la confianza de un amor, de un hogar, cuando por fin no tengo que estar controlándolo absolutamente todo, vigilando que hago, como lo hago, cuando lo hago, estimando opciones y consecuencias, en un detalle ínfimo, casi absurdo, esa despreocupación me lleva a disfrutar de instantes, de la magia de un momento.

Sale la niña que llevo dentro enjaulada, asoma y son los demás lo que lo ven y, aunque se rían, saben lo que significa y me dejan gozarlo…¿que hay de malo en ello?


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